Lo miraba. Precavido. Ágil. Caminaba rápidamente por toda la habitación, como si careciera de interés por todo lo que en ella había, como si temiera algún súbito encuentro.
Toda mi vida sufrí de cierto temor por su presencia. No conocía de nadie a quien le hubiera hecho daño, pero aún así, algo me hacía creer que su estancia en un mismo sitio al mió no era, precisamente, una buena idea. Sin embargo ese día me decidí a acercármele. Pensé en mirarlo como un igual. En negar cualquier síntoma de asco o prejuicio hacia él. En tocarlo...
Camine lenta y cuidadosamente hacia él, pero con una firme seguridad de no retractarme a mi decisión. Le sonreí. Lo note espantado ante mi cercanía y no me sorprendí; después de todo, esta acostumbrado a huir cada vez que alguien, siquiera, voltea su mirada hacía él. Acerque mi mano al suelo para invitarlo a subir, asintiendo con la cabeza. Mostrandole mi aprobación. Titubeo. Movió, confundido, sus delgadas antenas. Aterrorizado. Pensé en rendirme. En no ejercer presión. Y entonces lo decidió. Camino con pasos de "quien no quiere llegar a un lugar" y escalo por mi mano provocando cosquillas y satisfacción. Lo mire de cerca con alegría y casi pude escucharlo decir "gracias"...
No hay comentarios:
Publicar un comentario