Sabía mis desventajas. Mis probabilidades de quiebre. De autodestrucción. De terminar reventando cada vena de mi cuerpo al pensarte ajeno. Al imaginarte tocándola como me tocas. Hablándole como me hablas... Conocía las condiciones del juego y lo negativas que podrían pintar, en un futuro, para mis nervios dislocados. Para mis sueños contracturados. Para mis imagenes ideales de una expectativa lejana e imposible... Conocía el contexto pero, sobretodo, me conocía a mi. A mi que no soporto, siquiera, que otros ojos brillen por el que brillo yo. A mi, que no me concibo con alguien que no me sienta su centro, su eje, su todo. A mi que me gusta entregarme con intensidad, únicamente, si estoy segura de que domino la situación... de que soy yo quien manda y ordena cada movimiento con los gestos de mis ojos, de mis labios...Y aun siendo así, posesiva y celosa, sucumbí ante la idea de hacerte mio. Mio sin el derecho de nombrarte nunca como tal. Mio, sólo por el placer infinito de tenerte, intermitentemente, al alcance de mis labios... de mis manos. De mis ojos que desean tus pupilas enamoradas...
Y dije sí. Dije sí y acepte tus condiciones...
haciéndote creer que tu también estabas aceptando las mías.
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