Escogí el asiento casi al azar. Había tenido un día cansado. Lleno de eventos pequeños sin relevancia alguna. De esos acontecimientos que al día siguiente ya no recuerdas. Un día echado a perder. Me sumergí en el duro asiento del camión, y trate de elevarme con la música que entraba desde el cable de mis audífonos, hasta los espacios más grotescos de mi cerebro. Suspiré.
No sé en que momento desarrolle la afición por las ventanas de los camiones y el odio rotundo por ir del lado del pasillo. Quizá fue aquel día en que descubrí que, cuando uno ve por la ventana, puede imaginarse saltando techos y corriendo pastizales. No lo sé. Pero después de un día insignificante, ese repudio parecía remarcarse con cada centímetro avanzado. Cerré los ojos. No podía estar tan mal. Pero lo estaba. Los abrí con arrogancia y voltee hacia la ventana. Después de todo, quien dijo que sólo el que se sienta junto a ella tiene derecho a mirar hacia afuera. Nadie. Así que yo voltee hacia la ventana. Pero mi mirada no llego con éxito al exterior del camión... se detuvo en él. En aquel mal ser humano que usurpaba mi lugar. Aquel que, con los ojos cerrados, se intoxicaba con su propia música, moviendo sus labios con perfecta sincronía a mis parpadeos. Lo mire hipnotizada por el largo de sus pestañas... por el palpable claroscuro de su piel. Lo mire.
Que perfecta estructura dramática podría crear si tan solo volteara a verme. Si notara mi sonrisa simulada debajo de mis pupilas oscilantes. Si respondiera mi mirada acosadora con una lenta sonrisa cargada de preguntas. Lo observe. Y espere. Espere el momento en que nos conectáramos. El momento en que conociera las silabas que forman su nombre. Que caminara con él por calles angostas. Por pastos enormes. El momento en que juntos saltáramos por las azoteas y cayéramos uno sobre el otro.
Quería tener su rostro frente al mio. Eliminando las distancias. Detectando el aroma de cada uno de sus cabellos. Mordiéndome los labios por volverlo a ver. Quería y quería tanto con él. Todo con él. Deseaba cederle el ritmo de mi respiración. Tenía tantas ganas de entregar mis hilos a un nuevo titiritero... y él estaba ahí... con la perfección musical que siempre me ha amordazado. Con la pasión perceptible de una vida ensangrentada.
Miró el techo y, en un efecto reflejo, voltee mi rostro hacía el frente. Preguntándome si me habría visto. Si sentía deseo de hacerlo. Tome el valor de mis palpitantes nervios y dirigí mi mirada de nuevo hacía él, fingiendo ver la ventana que, para este momento, había perdido total importancia. Sus ojos, ahora abiertos, reflejaban las orillas mas perdidas de su pensamiento. Eran como telas cafés que alguien había decidido manchar...quise besarlos. Quitar de ellos todo mal. Mostrarles lo bueno de mi oscuridad. Todo lo que puedo llegar a dar. Quería quitarle los ojos y enjuagarlos con los míos. Regresarselos empapados en mí. Porque si alguien no se enamora es porque no ve bien. Y yo necesitaba que él viera muy bien. Que me viera completa y me quisiera con todo.
Me perdí. Me perdí analizando sus sentidos de manera tan profunda que no pude moverme cuando atrapo mi mirada con la suya. Me quede ahí. Ahí sin respirar. Sin escuchar. Sin notar lo insistente en su rostro. Toco mi hombro y con un pequeño salto de ilusión vino mi entendimiento. Le cedí el paso y lo vi alejarse hasta la parte trasera del camión. Paro. Se bajo. Sin siquiera contemplar la posibilidad de besarme en una segunda oportunidad. Se bajo y descubrí que la misma canción había estado repitiéndose todo el viaje. Deslice mi mirada hacia el reproductor y lo apague con ironía. Lentamente fui retirando los audífonos mientras me acercaba a la ventana. No había techos por los cuales saltar, ni pastizales en los que quisiera correr... aventé los audífonos por la ventana y, ante la sorpresa de todos, comencé a reír con mis ojos mojados de soledad.
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