domingo, 26 de diciembre de 2010

Un lago seco y un Cerezo...

Eres como un volcán Martha. Fue lo último que le escuche decirme, y después no lo volví a ver, hasta ayer.
Nos conocimos en el tren de las 3:30. Tercer asiento, fila de la derecha, del segundo vagón. Ese era mi lugar habitual, y a él pareció gustarle, así que se sentó conmigo.

Un árbol pasaba detrás de otro, y aun así, cada uno irradiaba una esencia diferente a la de la anterior. Como aquel viejo roble en el patio de su casa, con una esencia limpia, pura, sabia… Ese viejo roble sabía lo que pasaría antes de que él tomara valor y se decidiera a preguntar mi nombre. 
Martha. Respondí. Y luego continúe mirando hacia la ventana. ¿Viajas seguido? Preguntó. No. Respondí. Ese árbol era realmente curioso, sus ramas se desvanecían de manera singular, hasta llegar a formar una especie de… Yo tampoco. Dijo. Ah. Comenté, un tanto molesta, ya que por escucharlo había perdido el seguimiento de mis palabras, y la verdad es que, cuando no me pongo atención, me molesta mucho repetirme las cosas. Al notar que mi tono de voz había perdido la amabilidad se quedó callado. Y fue entonces cuando descubrí la belleza de su silencio. Voltee a verlo y lo encontré observando un viejo panfleto, de esos que regalan al entrar a la estación. Se le veía entretenido leyendo las tarifas vacacionales, las rutas de las 8 de la noche y las medidas preventivas en caso de incendio. Sus manos eran pequeñas, poco comunes a las de un hombre de su estatura. Sus dedos, en contraste con su mano en general, eran largos, delgados, con una pequeña punta al final. Su cabello, sin duda, lo más singular en toda su persona, era negro, corto; características comunes en los hombres del pueblo. Lo que realmente lo hacía especial, era el simétrico despeinado que llevaba, como si todos los días se esforzara al máximo para despeinarse de la misma manera.

Pronto se sintió observado y de reojo, ocultándose tiernamente en su cabello, me miró fijamente con sus ojos marrón oscuro. Sonreí. No le quedo opción y sonrío. Su plática resultó ser igual de cautivante que su silencio, y mi atención a él, se volvió tan profunda que no pude dejar de escucharlo durante todo un año.

A lo largo de toda mi existencia no había conocido a ninguna persona que me atrajera tanto como los arboles del camino en tren. Él era el ser perfecto para mí. Cada vez que estábamos juntos sentía una emoción totalmente extra cotidiana, como si de pronto un cerezo apareciera en el centro de un lago a punto de secarse… esa era la imagen que tenía cada vez que él estaba junto a mí. Nuestro primer beso, nuestros continuos viajes juntos en tren, nuestra propia historia escrita día a día por nosotros mismos. Eso vivía, yo vivía y él vivía solo para mí.

Un día me presento a su familia. Mi novia. Les dijo. Tras la amplia sonrisa de su madre; y el aburrido pero firme apretón de su hermano; llego el hipócrita y vacío abrazo de su hermana. Simplemente nunca logre agradarle. Incluso hoy, que volví a verla, me miro con un odio incomprensible e intolerante para mí. En fin… él y yo éramos todo lo que necesitábamos juntos, no sobraba ni faltaba un poco de ninguno en nuestra relación.

Sin embargo llego el día en que el otoño se llevó las hojas del cerezo y viendo mi lago seco, me aleje. ¿Por qué siempre tienes que ser así? ¿Porque no dices lo que piensas, lo que sientes? Preguntó. Calle. Eres como un volcán Martha. Repitió con ironía dos veces y se fue. El teléfono sonó durante todo el mes siguiente. El timbre de la puerta repico eternidad de ocasiones. Y yo seguí callada. Después no lo volví a ver, hasta ayer.

Un arbusto en forma de niño. ¿Por qué?, ¿Qué nos hace creer tan perfectos como para deformar algo que en sí ya era bello, y darle una forma tan grotesca como la humana? Lo observe por largo tiempo y, cuando me di cuenta, era tarde. Corrí a la estación. Subí al tren de las 3:30. Tercer asiento, fila de la derecha, del segundo vagón. Ese era mi lugar habitual. Estaba ocupado. A él pareció gustarle. Y a ella también. Un perpetuo silencio y un vacío enorme llenaba el vagón, solo él y ella. Ese era mi lugar habitual. Mi lugar. El humo negro consumió mi interior. Cegando mis labios. Callando mi mirada. La lava comenzó a fluir hasta cubrirlo por completo, hasta quemar cada espacio de su existencia. La erupción ocurrió al fin. Ocurrió frente a él, por él, hacía él… El lago estaba tan seco que ella no fue capaz de detenerme.

A su hermana nunca parecí agradarle. Incluso hoy, que volví a verla, me miro con un odio incomprensible e intolerante para mí. Gritando palabras inaudibles. Acusándome con la mirada. Culpándome. Sollozando a gritos cierto encierro para mí. 

Eres como un volcán Martha. Me decía. Nunca imaginó que sería víctima de mi única erupción. 


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