miércoles, 22 de diciembre de 2010

Carla Step y la triste historia de la montaña rusa.


¿Qué estaría pensando Carla Step cuando se enamoró de él? Nada. Su pensamiento se nublo al conocer a esa figura que se convertiría en su obsesión. La perfección de sus rasgos llegaba al borde de la exageración; y por supuesto, no hablaba de sus rasgos físicos. Eso siempre sobro para ella. Eran los rasgos de sus aura, de su ser, de esa energía brillante y acogedora que esparcía al decir su nombre, al reír; esos eran los verdaderos rasgos que lo hacían irresistiblemente compatible a su modelo ideal de pareja.

Carla era un ser solitario, rodeado de gente, pero solitario. Escribía, cantaba, bailaba, gritaba, hablaba y respiraba solo para ella desde hacía ya mucho tiempo. Nadie más había logrado interponerse entre ella y el mundo. No quiere decir que Carla no conociera el amor, claro que lo conocía, es solo que hacía algunos años, se había decidido a olvidar lo que el amor podía causar en ella. Tiempo después trato de recuperarlo, pero su capacidad de amar parecía haberse convertido en un ave disecada en el museo de alguna escuela. En nada. En un ser sin alma. Así que, rendida ante la nueva decisión que su inconsciente había tomado, se decidió a vivir para ella y nadie más.

Él apareció un día en su vida sin que ella lo tuviera planeado. La realidad es que su repentina aparición en el mapa no le causo nada más que un gusto superficial que, como muchas veces le había pasado, no la llevaría a nada más. Y claro, después de tratar con todas sus armas, de controlar su mente, pues creía que desde ahí podía surgir el amor, de volverse a enamorar. El ave continuó sin moverse.

El tiempo paso alrededor de Carla Step, y su vida parecía seguir el mismo ritmo habitual al que se había acostumbrado. Abrir los ojos. Mirar su habitación. Encontrar esporas moradas viajando alrededor de su almohada. Saludar a su perro. Tomar un baño. Peinarse el cabello y descubrir que cada vez crecía más. Salir de casa. Pisar las hojas secas del patio vecino. Tomar el autobús y psicoanalizar a los pasajeros, mientras por la ventana observaba la calle cambiando cada mañana… imágenes que corrían por su cabeza, creando historias alternas a la que vivía…el día  llegaba a su fin, viéndola bailar sola lo que podía ser el último o el primero de sus vals.

Nada. No estaba pensando en nada cuando se enamoró de él. Solo sintió el explosivo roce de sus labios. Solo sintió su respiración cambiando de ritmo e intensidad, haciéndose sonora. Solo perdió el control de su cuerpo entregándolo totalmente a la voluntad del que sabía, se convertiría en la importancia de sus próximos días. Porque él cambiaría el color de las esporas, haría sonar las hojas con otra intención y le provocaría ver calles más amplias, calles en las que algún día podría caminar con él.

Carla Step logro que el ave disecada esparciera sus alas. Él, logro hacerla volar otra vez. Carla Step estaba enamorada, y se sentía enteramente correspondida. Despertaba con una sonrisa diferente, bailando en la vida con la idea de llegar a su lado y bailar juntos los pasos que fueran surgiendo, que fueran inventando. Su vida ya no corría igual, todo se aceleraba al contacto de sus labios, aunque este fuera, en ocasiones, un contacto creado en su imaginario. Se sentía completa de nuevo.

Él apareció un día en su vida sin que ella lo tuviera planeado. Apareció sin tener relevancia mayor en sus sentidos. Pero basto el único contacto de sus labios para convertirse en su propia espora morada.
Carla Step se despertó hoy con la misma ilusión que a su vida llenaba en la última temporada. Sin embargo, al llegar la noche comprendió que nunca fue plenamente correspondida. Carla Step se dio cuenta de que todo había sido otra historia alterna de aquellas que siempre había logrado inventarse. 
 Carla Step no ha llorado aún. No recuerda como llorar por amor. Su llanto es como un ave disecada en el museo de alguna escuela. No existe. Solo se percibe. 

Carla Step ha decidido no volver a bailar. Sus fuerzas para levantarse mañana se han suprimido. Ha escuchado su última nota y de nuevo, gracias a él, esa ave disecada ha elevado el vuelo para nunca más volver al aparador. Ni una mañana más.

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