Caminaba por la habitación como buscando una salida para su mente. Cerraba los ojos y se maldecía por no tener la capacidad de asesinar sus sueños. De aniquilar los segundos de su imaginación. Se maldecía por no poder desbordar de su cuerpo esa película interna. Esa en la que él seguía apareciendo al cerrar sus ojos. Lo extrañaba. Extrañaba aquel roce secreto que sus labios tenían contra su piel húmeda. Aquel tacto indiscreto que la elevaba hasta las más sublimes ensoñaciones. Lo extrañaba en ella. Torturándola. Haciéndola exhalar 1302 suspiros... Extrañaba su cuerpo. Y de una manera irónica, deseaba sólo extrañar eso. Deseaba sólo añorar su sudor porque sabía que seguiría sintiendo. Con él, con otro, con todos los hombres del mundo. Sabía que volvería a explotar. A gritar y dirigir su mirada desorbitada al cuerpo de otro hombre...
Pero, ¿y sus ojos...?
Y esa forma dulce de hablarle, de tomarla de la mano...
¿En dónde volvería a encontrar unos brazos que le den seguridad?
¿Quién se atrevería a romper sus miedos con tal habilidad?
Había caído en cuenta de su desgracia y, ahora, permanecía tirada en un rincón, con la mirada fija en la puerta. Deseando con todos sus sentidos que salir de su mente, de sus recuerdos, de él... fuera tan fácil como salir de aquellas paredes negras que aprisionaban su cuerpo.
El problema era que a él no sólo lo deseaba... también lo amaba.
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