Desesperada, enloquecida, enronquecida por gritarte y descubrir que no me escuchas...
Calcinada por aquella mirada que me dijo adiós sin abrir el alma. Que me dijo adiós por encima de los nervios. Que me dijo, y lo dijo sin pensarlo.
Miro las costras en mis brazos y no oculto lo que emanan. No niego lo evidente. Dejo vivir mi dolor y lo muestro grotesco al exterior... Quiero ver tus labios apuntados hacia mí. La seguridad de que tus pestañas se direccionan al rumbo de mis pasos inconstantes. Quiero, quiero y ya no lo tengo... Por eso mátame, o mátate de una vez, pero déjame seguir caminando. Regrésame las piernas dislocadas que, con palabras, me arrancaste. Regrésame el ardor de mis ojos cuando no sabían llorar. Regrésame todo o regresa tu, pero no permitas que siga fingiendo que vivo. No me dejes llegar al tercer acto con los remendos de un personaje nunca inventado. Con la sonrisa hipócrita de una payaso sin pintura. Mátame. Y mátame bien porque hoy, mas que nunca, estoy segura de que, si no lo haces, regresare con la mitad de mi boca para devorar todo punto que mires. Cada lugar, manchado por ti, eclipsara frente a tus ojos desconectados. Cortaré de tajo cada sonrisa que provoques hasta oler tu llanto fluir. Tomaré tu dolor y lo sentiré liquido recorrer entre mis dientes y bajar por mi garganta. Y ahí estarás. Solo. Te voy a permitir mirar, con atención microscópica, cada dedo que arranque de tus entrañas. Te dejaré morir en plena vida. Mátame. Porque, si no lo haces...
Te juro que me mato yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario